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Asunción - 24 de Julio de 2014

Guerra contra la Triple Alianza - En Cerro Corá cae el mariscal Francisco Solano López y concluye la contienda

Publicado por cdalmada - 29 de Diciembre de 2010
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Paraguay



1870



El día "amaneció tibio y húmedo, prometiendo un día caluroso", de acuerdo al testimonio de Juan Silvano Godoy. El Mariscal recibió la tempranera visita de una cacique Cainguá quien venía a ofrecerle "hospitalidad segura en sus abruptos dominios" pero que el Jefe paraguayo tenía que despojarse de todo su ejército para llegar allá. Debía licenciar a su tropa "reservándose simplemente como escolta, nueve o diez hombres de su confianza".

Mientras escuchaba la oferta del indígena, avisaron al Mariscal de la presencia de varios destacamentos brasileños hacia el Aquidabán. Preguntó entonces al cacique Cainguá, a qué hora llegarían los brasileños. "Cuando el sol esté allí" contestó el indígena señalando un punto de la trayectoria solar. Sería a las 11 de la mañana. López agradeció la visita del cacique y su oferta, lo despidió y convocó a sus jefes. Estaba frente al momento de la verdad. En aquella reunión "....estuvieron el General Resquín, el General Delgado, el Coronel Centurión, el Padre Maíz y el Comandante Palacios, los Padres Espinosa y Medina, el Coronel Aquino, el Coronel Ávalos y yo", relata el coronel Silvestre Aveiro. "El consejo opinó esperar el combate para que de una vez termine la guerra, peleando hasta morir" -a lo que López remató: "Bien, peleemos hasta que muramos todos".

Pero... ¿quiénes habían llegado a Cerro Corá? La minuciosa elaboración de los listados encontrados en la cartera del coronel Panchito López, después que fuera muerto, revela fuera de toda duda, no sólo la paupérrima situación con la que el ejército paraguayo llegaba a aquel último escalón de su martirio, sino también el número exacto de sus componentes. Algunos de los jefes habían llegado a este último punto ya "...sin tropas que comandar. Sus divisiones, regimientos y batallones se habían extinguido en cinco años de duro batallar, y en los últimos tiempos por efectos de las penurias de todo orden en las marchas a través del desierto".

El 20 de Febrero, en la última revista realizada formaron 416 hombres; 268 infantes y 148 de caballería "incluyendo jefes y oficiales". Pero de éstos -en realidad- sólo 351 estaban "prestos para el combate". Mientras tanto, las fuerzas del general Cámara seguían aproximándose al campamento paraguayo. Las mismas "totalizaban cerca de 15.000 hombres bien armados".


El 25 de Febrero tuvo lugar la última ceremonia oficial. Convocados los jefes y oficiales, López los hizo sentar en la gramilla -en semicírculo- mientras sentado en una silla, él ocupaba el centro, frente al Cuartel General. Después de un elocuente discurso donde destacó especialmente las calumnias que se vertían sobre su posible escape hacia Bolivia, y extenderse -también largamente- "sobre los deberes y sacrificios que imponía el patriotismo", el Mariscal leyó el decreto que confería la Medalla del Amambay "...Distribuyéndose luego las cintas de que debería ir pendiente del pecho de los agraciados".

La condecoración estaba destinada, según rezaba el artículo 1º de aquel último decreto, "a todos los ciudadanos que llevaron a cabo la campaña del Amambay".
En esa misma fecha, el general Cámara se había "reunido ya con el coronel Paranhos y con todas las fuerzas bajo su mando", emprendía la marcha hacia el campamento paraguayo "donde esperaba llegar el 28 del mes, o a mas tardar el 1º de Marzo". Con sus escasos recursos disponibles, López también planeaba su defensa. En el paso del arroyo Tacuaras distribuyó 90 hombres, "con dos piezas de artillería ligera". El grueso de sus tropas -definición casi risible en comparación con los 15.000 hombres de Cámara- fueron colocados en el paso del Aquidabán.

El total de esta fuerza era de 280 hombres y fueron colocadas bajo el mando de los coroneles Juan de la Cruz Ávalos y Ángel Moreno con la asistencia de los tenientes coroneles Francisco Santos y Ciriaco Gómez. En la boca del Chirigüelo se posición el general Roa y en el centro, "...cerca del Cuartel General estaban los rifleros comandados por el mayor Zacarías Cardozo. El mariscal López estaba bajo la tienda de campaña" que le sirvió en toda la guerra. Madame Lynch y sus hijos se hallaban en un coche, a 100 metros de distancia. En otro coche, "...a 800 metros, se encontraban guardando reclusión, la madre y las hermanas del Mariscal. A 300 metros se hallaba el hospital con 120 enfermos.

El Cuartel General no tenía obra alguna de fortificación". Se encontraban también dispersos en otros sitios pero en el mismo campamento, el vice presidente Francisco Sánchez, los sacerdotes sobrevivientes y las mujeres. Todos pidieron armas y autorización para pelear en el inminente y final combate. En cuanto a las mujeres, López se mantuvo firme en no permitir que no pelearan "...mientras hubiera un paraguayo vivo (...) ellas fueron destinadas a servicios auxiliares o como enlaces de comunicación".
Ya a esas horas, el Paso de Tacuaras había sido copado por los aliados. Sorprendidos, los paraguayos ni siquiera pudieron aprontar sus armas. También fueron interceptados "en la picada que llevaba al Aquidabán", el teniente coronel Solís, ayudante de campo del mariscal así como otra partida que acudía a relevar a los que habían sido masacrados en Tacuaras. A continuación "...se sintieron tiros de cañón seguidos de un nutrido fuego de fusilería en el paso del Aquidabán". Avisado que los brasileños habían transpuesto el paso, el Mariscal gritó: "¡A las armas todos!". El coronel Centurión intentó detener el ataque de la caballería pero muy pocos de sus soldados contaban con armas de fuego aunque con su "movimiento de avance" -comentaba en sus 'Memorias...'- "la caballería enemiga retrocedió poco a poco y luego, a la distancia de una cuadra mas o menos, hizo alto, y empezó a romper un fuego graneado sobre nosotros.

En esas circunstancias venía llegando el Mariscal montado en un caballo bayo flacón, acompañado de su hijo el coronel Panchito, también a caballo, y algunos pocos jefes y oficiales a pie".

Mientras la columna de Centurión era deshecha tras haber caído su jefe de bala que le atravesó el maxilar y le destrozó la boca, López ordenó a su hijo fuera a cuidar de su madre y hermanitos y se puso al frente de su estado mayor y sus soldados para enfrentar a la caballería del coronel Silva Tavares. "...Cuando retrocedíamos" -relata Aveiro- "ya casi dispersos del lado del Aquidabán y pasábamos por el Cuartel General, a pocas varas después, se encontró López con su madre y hermanas diciendo la primera: '¡Socorro, Pancho!' Y este le contestó lacónicamente: 'Fíese señora de su sexo...' y pasamos".

Entre los que perseguían a López se encontraba el cabo Francisco Lacerda, cuyo desempeño se perfila en el relato de Aveiro: “...Seis eran los enemigos de caballería, inclusive el Cabo (Francisco Lacerda) que los encabezaba, que llevaba lanza, y que marchaban al galope tomando el flanco izquierdo nuestro, y en una ensenada que forma el arroyo pudieron cortar la retirada a López, a quien le intimaron rendición (...) se acercaron a López, el cabo por un lado, y otro, por el otro, con ademán de tomarle de los brazos y este que llevaba un espadín desenvainado, quiso tirar de punta al cabo, quien ladeó el golpe al mismo tiempo de pegarle una lanzada en el bajo vientre, y el otro a su vez le dio un hachazo en la sien derecha (...) Los brasileros después del combate y como a diez varas frente a López, estaban formados, pero sin intentar agresión, y cuando llegué cerca de López, que estaba enfureciéndose diciendo en alta voz: ”¡Maten a esos macacos!...” Dicho que repitió varias veces, siempre a caballo en un bayo tomado en la laguna Chichí a los brasileros.

Llegué ante él, tocándole en el muslo le dije en guaraní: “Sígame Señor para salvarle” y diciendo” ¿Es usted Aveiro?” dobló su caballo y me siguió. Yo que había llegado allí sumamente fatigado y sin comer, aunque llevaba una espada filosa, no tuve aliento para cortar las ramas de los árboles y así le fui haciendo camino, con empujones del cuerpo, siguiendo las huellas o las pisadas que los soldados habían abierto en busca de frutas, y como a diez varas del arroyo, en una pendiente hacia el este, me caí y pasó el caballo sobre mí, felizmente sin pisarme, y enseguida se cayó otra vez López, llevando la cabeza hacia la pendiente. Yo me levanté enseguida, con lo que López me alargó la mano, diciéndome que lo levantara.

Y como era pesado, aunque traté de levantarle no tenía fuerzas, y entonces procuré darle hacia el lado de la altura, y en ese momento llegó el joven Ibarra, y con él procuramos levantarlo, pero tampoco pudimos, y enseguida se presentó Cabrera, con quien lo alzamos trayéndole del brazo hacia el arroyo, pero antes de bajarle en el, Cabrera me dijo: 'si quiere voy a traer la gente que hay en esa rinconada', señalando hacia el sud, donde continuaban más descargas y tiroteos, y como no supiera ante la distribución de las fuerzas, le di crédito y le dijo en guaraní, que fuera a traer lo más pronto posible, con lo que se marchó, para no volver.

Llevamos a López con Ibarra en el arroyo que era muy resbaladizo y que corre sobre piedra, hasta la orilla opuesta, en donde procuramos levantarle sobre la barranqueta que daba hasta el hondo, y no pudiendo conseguir nos dijo López: 'Vean a ver si no hay una parte más baja...' Y se quedó cuando nosotros nos separamos de él, sostenido por una palma derribada que encontramos allí se cruzaba un ángulo del arroyo. Cuando yo me retiré como a ocho pasos empezaron a salir los infantes brasileros a la orilla del arroyo, e inmediatamente nos hicieron fuego. Yo me subí al barranco y me senté al pie de un matorral, cuando el General Cámara apareció por donde habíamos entrado, dando la voz de: '¡ALTO EL FUEGO!' Se echó conforme venía en el arroyo, a pie".

Aveiro ya no pudo ver lo que sucedió en ese momento. El general Cámara lo refiere parcialmente: "...En esta posición lo encontré, cuando a pie seguí sus huellas. Le intimé se rindiera y me entregara su espada, que yo le garantía los restos de su vida, y que yo era el general que mandaba las fuerzas. Por contestación me alargó una estocada. Entonces mandé que un soldado lo desarmase, lo que fue ejecutado al mismo tiempo que exhalaba el último suspiro, librando de la tierra a un monstruo, al Paraguay de su tirano y al Brasil del flagelo de la guerra".

Este "parte oficial" que indica que López habría muerto como consecuencia de un simple forcejeo, suscitó alguna incredulidad y las acusaciones de asesinato obligaron al general brasileño, a realizar una aclaración al "New York Herald", el 20 de junio de 1870: "... El Mariscal no fue ni pudo ser asesinado, ni tampoco fue ejecutado. Todo es falso. No fue ni pudo ser ni por manos de mis distinguidos compañeros de armas ni mucho menos por las mías. Debo a mi honor como soldado, a mi nombre y a mi país, a la historia y a mi conciencia declarar con fidelidad que el Mariscal López murió lealmente y posesión de completa de sus sentidos. Cuando me agaché para tomarle la espada de su mano hizo un movimiento para herirme, gritando con firmeza y arrogancia: "Muero espada en mano por mi patria” (López dijo "Muero con mi patria"). Entonces ordené a un soldado del batallón 9ª que le desarmara y en esta lucha expiró sin recibir nueva herida".

En Cerro Corá, murieron con el presidente de la República del Paraguay, los siguientes jefes y oficiales: el vice Presidente Francisco Sánchez (tenía 81 años); el hijo del Mariscal, coronel Juan Francisco "Panchito" López; el Ministro de Guerra y Marina, coronel Luis Caminos; los coroneles José María Aguiar, Juan de la Cruz Ávalos, Dionisio Lirio (español) y Bernardino Denis; los tenientes coroneles Vicente Ignacio Orzúzar, Rufino Ocampos y Gaspar Estigarribia; además de un numeroso grupo de oficiales, desde alféreces hasta sargentos mayores. Al día siguiente fue simplemente asesinado el general Francisco Roa cuando salía de los montes de Chirigüelo para entregarse. El 4 de Marzo (ya con la guerra militar y legalmente finalizada), es muerto el coronel Juan B. Delvalle después de entregarse sin resistencia. Con él fueron exterminados cerca de 200 de sus soldados y asistentes.

El 13 de Marzo, en otro parte enviado al general Carneiro Monteiro, Cámara informaba que en la refriega -que no había durado mas de 15 minutos- habían tenido "...siete heridos, dos de ellos graves, y entre los leves dos oficiales. Las pérdidas del enemigo fueron completas (...) El número de prisioneros asciende a 244, contándose entre ellos los generales Resquín y Delgado, 4 coroneles, 8 tenientes coroneles, 19 sargentos mayores, tres médicos, ocho sacerdotes y un escribano. Mme. Lynch y 4 hijos se cuentan en el número de prisioneros".

Debe concluirse con Arturo Bray, que "...Francisco Solano López no cayó en la batalla, por la simple razón de que en Cerro Corá no hubo, ni pudo haber habido, lo que se llama una batalla. Toda lucha de proporciones era imposible, quimérica y fantásticamente imposible, entre aquella cincuentena de soldados andrajosos, roídos por el hambre y las enfermedades, y los escuadrones bien nutridos y soberbiamente armados del general Cámara. Aquello fue una cacería humana, una simbólica resistencia de agonizante, un estéril y hermoso ondear de banderines desteñidos y hechos jirones, un ronco y desangrado '¡Viva la Patria!".

Y en cuanto a las posibles dudas sobre el juicio que merezca el increíble aporte de los boletines militares del Imperio para justificar la muerte de López, Bray tiene también un juicio definitivo: "...El Mariscal pereció asesinado. No de otra manera merece calificarse de repudiable acto de ultimar a un hombre herido, agonizante, debatiéndose en el momento final de su existencia, sin más armas que un espadín de ceremonia, que esgrime desfallecido, pero soberbio".

Fuente: Jorge Rubiani – www.jorgerubiani.com.py

 
 

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